En (Felipe) Kast o en (Carolina) Sanin, se trata de dividir el mundo en dos, los que lo comprendieron todo y saben de nacimiento qué letra se unirá ahora a la sigla LGTB, y los otros, los cómplices cavernarios de la opresión y el asesinato y violación de trans. Cómplices en la que pueden convertirse sólo por preguntarse lo que no se puede preguntar, escritoras de evidentemente mujeres, evidentemente feministas, evidentemente inteligentes, evidentemente de izquierdas, como Sanin, Enríquez o Schwelbin. Se trata en resumen de hacerle a los demás justamente lo que los colectivos más aguerridos del progresismo identitario se quejan de que les hacen todo tiempo a ellos: Disidentes que quieren acallar toda disidencia.