Vivimos hoy un proceso de desequilibrio caótico caracterizado por una crisis de la economía-mundo estrechamente asociada a la degradación del planeta generada por nuestro modo de producir la riqueza, su injusta distribución y consumo, lo que está causando aberrantes desigualdades. Si queremos salvar el planeta, es inevitable reimaginar la Organización de las Naciones Unidas, democratizándola y otorgándole nuevos poderes para asegurar la paz y el justo goce universal de los derechos humanos.