El lenguaje no es solo comunicación, es lo que nos sujeta al mundo. Y es esto último, lo que la estructura de la verdad científica se ahorra. El lenguaje en su versión dato, burocracia o cliché –como escribió Duras, los libros sin pozo ni auténtico autor–, no sirve como velo a lo crudo de la realidad. A eso crudo se le ha llamado desencantamiento del mundo, y es un desierto que avanza. Desierto que en el ser humano se traduce en hastío existencial y angustia. Los lenguajes sin relato –sin escritor– dejan al ser humano moderno desamparado psíquicamente. Discapacitado de hacer duelos –cuando lo propio de la vida, desde el nacimiento, es la pérdida (para desear hay que perder)–, hace que la melancolía se vuelva mórbida antes que creativa. El lenguaje en la melancolía es áspero, monótono, rompe con el mundo, mientras que en su versión maniaca se acelera, pero no conecta, se parece a los autos chocadores: escritura sin sintaxis, ilegible.