Las empresas que tienen prácticas sólidas de gobierno corporativo y ética empresarial son menos propensas a estar involucradas en actos de corrupción y tienen menos riesgo de enfrentar sanciones o multas por malas prácticas. Además, suelen estar más preparadas para enfrentar crisis, lo que mejora la percepción de estabilidad y resiliencia, incrementando la confianza de los inversores y el público en general.