Los presupuestos de defensa nacionales europeos escalan a proporciones no conocidas después de la Segunda Guerra Mundial, al tiempo que la crisis energética se hace palpable por lo que se incrementan los contactos con África y América Latina. Todo mientras se dibujan dos ejes, el de Europa centro-oriente, encabezado por Polonia y los países bálticos, partidarios de fortalecer el paraguas defensivo ofrecido por Washington, frente al del Europa Occidental, liderado por el bloque París-Berlín que apuesta por mayores dosis de autonomía estratégica y de ponderar los alcances del conflicto sin dejar de pedir inversión en la defensa regional. Aun así, en la Conferencia de Seguridad de Múnich del fin de semana pasado, el liderazgo europeo ha reconocido que es necesario prepararse para un conflicto prolongado, coincidiendo con el Ministro de Asuntos Exteriores ruso, Lavrov que viene diciendo hace semanas lo mismo, o con un Putin que evoca el octogésimo aniversario de la larga batalla de Stalingrado para fortalecer la moral de su compatriotas. Todo indica que hay preparativos para nuevos choques a partir de la próxima primavera boreal, renovando unidades y armamento más sofisticado, que reemplace al obsoleto, y sobretodo sumando aliados en el exterior.