La evidencia científica es clara en determinar que los asentamientos humanos y carreteras de Chile, cercanos a ecosistemas terrestres dominados por especies exóticas como pinos y eucaliptos, que además presentan baja heterogeneidad del paisaje y suelos degradados, son más vulnerables a incendios que aquellos asentamientos e infraestructura cercanos a bosques nativos. También es un hecho que el cambio de uso de suelo, la deforestación, la forestación artificial, el abandono de la agricultura y el aumento de la urbanización sin planes reguladores adecuados han degradado de manera permanente los bosques más ancianos y nativos, poniendo en riesgo extremo no solo la biodiversidad de estos ecosistemas, sino además actividades socioeconómicas relacionadas con la recreación y el ecoturismo, así como la vida y bienestar de miles de personas. Los datos son alarmantes: el último reporte del IPCC alerta que entre 2017-2022, Chile había aumentado su población expuesta a incendios desde un 16 al 25 por ciento, al compararse con el periodo comprendido entre el 2001 y el 2004.