Las ciudades han sido construidas desde tiempos inmemoriales cerca de fuentes de agua dulce, porque es un recurso vital para los seres humanos, pero desde el siglo pasado la expansión urbana desmedida fue progresivamente ocupando los humedales, los cuales son rellenados y drenados con el fin de establecer un sustrato apropiado para la construcción de viviendas. En nuestro país hay numerosos ejemplos de edificios y poblaciones construidas sobre antiguos humedales, que se inundan en las épocas de lluvia y presentan graves daños estructurales producto de la humedad del subsuelo. Algo parecido sucede con los ríos, que son canalizados, y sus riberas pavimentadas mediante la construcción de costaneras, que alteran su curso natural, y eliminan la vegetación de las riberas y, con ello, toda la diversidad biológica propia de esos espacios.