En un mundo donde han caído los grandes relatos, la confianza en el ser humano y la preocupación por el otro, Benedicto XVI procuró reivindicar la fuerza del amor, la virtud de la caridad y la apertura a la trascendencia desde la esperanza. Con sabiduría no impuso la fe, sino que mostró desde la razón los motivos para creer, para relacionarse con Dios y para abrirse a la posibilidad de crear un mundo con horizontes más fraternos.