Los líderes latinoamericanos entregan una señal errónea, toda vez que prefieren defender a sus “amigos”, en lugar de condenar los hechos. La afinidad política e ideológica no significa la justificación de cualquier acto. Lo mínimo que se espera de nuestros líderes es que condenen la corrupción, cualquier evento antidemocrático y sean un ejemplo para la sociedad. De lo contrario, ¿cómo se exige probidad a los ciudadanos?, ¿cómo recuperamos la confianza de la sociedad en sus autoridades e instituciones?, ¿cómo fortalecemos la democracia y el Estado de derecho?